lunes, 24 de diciembre de 2012

Amante es el que ama

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Las personas están hechas de personas y ahora que a final de año parece inevitable no echar la vista atrás para ver qué fue de nosotros durante estos doce meses, sonrío al mirar entre mis huesos y encontrar, repartidos por mi interior, a un montón de gente sin la que, sin duda alguna, no habría podido sobrevivir a este año de mareas (y mareos).

El amor, del que tanto me gusta hablar, nos lo enseñan mal. Como tantas otras cosas. Se olvidan de contarnos que el amor no es cosa de una persona, ni siquiera de dos, si no de muchos nombres propios que pasan por tu vida de manera fugaz para enseñarte o para tomarte el brazo y no soltarte en mucho tiempo. Viene de fuera, de los que te quieren de forma espontánea, de los que aprenden a quererte y también de los que no saben cómo hacerlo. Llega de mil lugares para sostenerte: de la tierra, de la luz, de lo invisible y de lo más inapreciable que tenemos dentro.

En un año de desamor, de bombardeos internos, sabotajes, violaciones, verdades inconcebibles y mapas falsos, puedo decir que despido diciembre con la sensación de haberme sentido amada hasta límites que nunca se me habrían ocurrido. Sobrevivo a un naufragio en el que encontré no sólo troncos a los que agarrarme, no sólo botes salvavidas, sino buques, yates, helicópteros y submarinos dispuestos a sacar el salitre que me ahogaba y mostrarme el azul del cielo que se abría ante mí.

En estos doces meses he crecido cien años y porque no lo he hecho sola y son muchos los que me han salvado, quiero dar las gracias. En público, sí, porque lo merecen y porque toda historia de amor debe ser contada siempre.

Mis amantes de 2012: Mi familia, Maite, Inma, Celia y su madre, Pepe López, Marina, Teresa, Vero, Anand, Suresh, Graci, Cris, María, Álvaro, Raúl, Ana, Daniel, María y Lucía Miret, Pepe Madariaga, Tucho, Alba, Sergi, Davide, Manuela, Carolina, Blanca, Enka, Javi, Rebeca, María José, Lucía, Javier, Pepe Torres, Armando, Rocío, Maribel, y muchos otros nombres que en algún momento podrán ser pronunciados.

Feliz todo, ni Navidad ni fechas concretas. Feliz cada día.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Anand, el nombre de la alegría

La alegría está en Anand como la luz está en el sol y la luna redonda acurrucada en su ombligo. La galaxia de su cuerpo de dos años revoluciona las dimensiones de quien se acerca a él y la vida se comprime entonces en un gesto al aire o una palabra pronunciada con cetas: "Zanda, que bonita erez", entonces sólo en sus ojos sabes que eres bonita.

Anand robó mi corazón en la primavera del año de la desesperanza y los vagones vacíos. En los meses de adultos intoxicados que cegados por el miedo deambulaban por los caminos en búsqueda de venganza, ajenos a la existencia de Anand y su dicha.

Contar que este niño existe es un canto a la esperanza, la espontaneidad y al amor más redondo y perfecto que nadie nunca inventó. Porque el amor así no se inventa, existe y Anand lo lleva entre sus pestañas para volcarlo en los pliegues de tu piel solo con una mirada.

Zanda, que ahora, a sus casi tres años se pronuncia Sanrra, es la parte más hermosa que en realidad Sandra tenía dentro. Las nuevas caras del prisma que me configuran quien soy y había dejado abandonadas en mi nombre. Esas otras personas que sólo Anand se atrevió a pronunciar para otorgarles la vida que les faltaba.

Soy Sandra que, de la mano de Zanda, Sanrra y cuantas personas más él quiera colorearme, sonríe ante los camiones de la basura y los coches rojos, mueve los brazos de su sombra por si de repente la de Anand se agarra de mi mano en la siguiente esquina y alza la vista a los árboles cuando el viento llega para hacerlos bailar. Porque el universo de Anand se abrazó a las espirales de mi mundo antiguo para no dejarlo morirse nunca, para recordarme, en los días tristes como los de hoy,  que dentro de mí también está la dicha y que nuestra distancia de carreteras rectas y amplias sólo necesita de un barquito de cáscara de nuez para hacerla pequeñita.

Y de nuevo los días sean posibles y los kilómetros tan sólo números de plastilina con los que sumar.




lunes, 3 de diciembre de 2012

Amelie bajo la ropa

Amelie, que lee en voz alta por si alguien afuera escucha y come caramelos blanditos de azúcar acurrucada en el salón, hoy ha saltado la ventana para ver los dibujos de los charcos del parque. Aquella noche había llovido en minutos parecidos a la eternidad y las radios habían perdido su frecuencia. Las ancianas lloraban en los portales, mientras los hombres ajustaban la correa de su reloj para no perder ni un segundo más de tiempo. También ellos lloraban sin saberlo y Amelie lo sabía por las arrugas tempranas de su voz.

Aquel día Amelie fue Amelie para reconocerse una vez más en los espejos, en los reflejos inapreciables de la luz en los cristales, en las sombras desgastadas contra la pared. Se desbocó la vida en sus manos y como las ancianas y la lluvia, también ella lloró, pausada, contenida, con los dedos apretados en el corazón, exactamente igual que hacen los románticos en las pantallas de cine cuando verdaderamente han amado.






jueves, 29 de noviembre de 2012

Biodanza o cómo llegar hasta uno mismo

13 guapas me han observado hoy en un círculo de miradas sin edad que mecían en sus pestañas el instinto más genuino de ser mujer. En los semáforos, la nieve invisible se cristalizaba en los parpadeos de la luz verde y naranja del penúltimo día de un noviembre herido de precipicios. Ajeno a nuestro acontecimiento.

13 rostros hermosos han desecho su tristeza con las manos en un baile de abuelas ancenstrales, de besos sentidos y abrazos de agua. Danzando ellas y danzando yo hemos retornado al impecable útero de nuestro origen, al pálpito invencible del amor. Porque amar es tan sencillo como un giro limpio y desnudo que envuelve, como un grito abrasador que termina por arrasar con todas las catástrofes del mundo.
Con la certeza del sol entre los labios nos hemos amado sin darnos cuenta, desde la intuición murmurada de la Naturaleza que respira oculta en las ocultas selvas del corazón.

Desterrada la palabra, el cuerpo ha inundado el espacio más allá de los espejos y el gesto correcto, de la perfección coloreada de carmín. Con pájaros en las manos, nos hemos reconocido por fin en un reencuentro de ojos cerrados hacia el epicentro de nuestro propio centro donde la libertad aletargada nos ha mostrado de nuevo el camino. Ese del que venimos pero en el que un día alguien cambió las señales de sitio.






martes, 6 de noviembre de 2012

Perder la fe



Cuando perdió la fe no supo donde mirar. Sintió ganas de bajar sus ojos al suelo hasta difuminar las baldosas en lágrimas y convertirlas en un charquito de templaza. No es que la chica hubiese dejado de creer en Dios, incluso había llegado un punto en que empezaba a invocar divinidades, se trataba de que había perdido toda credibilidad en quién hasta entonces más verdad había encerrado. Alguien humano, humanizado e idealizado, que sólo le había devuelto desesperanza.

Aquella revelación se pareció durante segundos al implacable estallido de cuervos en la noche, cuando se alejan gritando a las tinieblas en un estridente lamento forzado. Dejar de creer en quien tanto había amado le dolió más que muchas otras cosas que ya le habían destrozado, más que la condena de no mirar atrás, más que la decepción de la realidad, más que las grietas en los labios. Le dolió tanto que no supo donde mirar porque ni siquiera el suelo amparaba su llanto, ni el viento, ni el personaje mentiroso que la espiaba en la distancia como una sombra manchada de sal.

lunes, 22 de octubre de 2012

Personajes

Pinterest: Gerardo Mora
Detrás del personaje, el escenario se transforma en una caída libre de arrugas que entorpecen el corazón. Una voz enlatada, un juego de manos que sólo en el aire encuentran su espacio, un silencio, una reacción y el mundo a los pies como una marea nocturna que llega y se aleja hasta desvanecerse en la orilla infinita del otro lado del mundo.

Sobre los hombros, el conjuro invisible de la mentira de la capa y el sombrero que desnudan la realidad. Una verdad contaminada y permitida sólo bajo el resplandor del impenetrable foco. La ligereza y la contracción, el miedo, los pies temblando. El poder de quiénes nos somos ni nos atrevemos a ser. Un pozo coloreado de sombras.

En el pecho, un agujero limpio y perfecto que se deja atravesar por la luz suicida de la desnudez. Que se comprime y se agranda al ritmo de una música infantil que sólo el actor escucha, y tararea y baila, siempre en soledad. Como un ensayo de su vida, que maquilla e interpreta hasta convertirla en un cotidiano credo creíble.

Dentro del personaje, una espiral cuadrada, incompleta y diseñada para enterrar los precipicios, olvidar las montañas, volcar los océanos en botellas, y ayudar a escapar. Giros centesimales partidos hacia uno mismo, el personaje, la libertad, la vida distorsionada de lo que nunca será.

domingo, 7 de octubre de 2012

Yo, contigo



A mí me gusta la gente, aunque reconozco que no toda. Es más, creo que sólo me gusta alguna muy concreta pero cuando me gusta, me gusta de verdad. Tan de verdad que no sé si a veces me paso en el entusiasmo, si es que se puede pasar uno queriendo a alguien sin llegar a lo enfermizo.

A la vez me gusto yo misma. No me leáis mal, con esto me refiero a que me encanta la soledad y todo lo que ella me ofrece: los espacios en silencio, la reflexión, la escritura, los libros, la música, el sueño y todo cuánto estar sola te hace crecer. Sin embargo, yo sé que necesito del otro. Del amigo, el hermano, la prima, el conocido, la compañera o la persona fugaz que pasa por tu vida. 

Sola soy capaz de ver el mundo con una mirada amplia y una sonrisa contagiosa. 

Sola sé que puedo crear, inventar mis propios senderos, canturrear viejas canciones o llorar como un bebé. 

Sola existo, me miro el ombligo, levanto la vista para contar mi historia y si no tengo nadie delante el aire se convierte en un gélido hueco que tritura el sentido de mi sentido.

La anestesia del individualismo se me escurre rápidamente para recordarme que la vida sin otro escuece. Porque no quiero caer en la trampa del ir sólo a lo mío, buscar salvar mi pellejo, acumular céntimos antes que el que tengo enfrente, ladrar, morder y devorar, no quiero ir por libre. Me engancho a la libertad de ir todos a una, de reconocer en las manos del otro las mismas heridas que sentí yo en cualquier otro lugar del cuerpo. Quiero ser más de una, hasta dos, tres y un millón. Hasta la cifra quebrada que desbarate las cuentas y demuestre que en este mundo unidos giramos en la dirección correcta: en nuestra propia dirección.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

El silencio: la dimensión olvidada de la comunicación

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Me gustaría poder escribir una entrada que pudiera transmitir el arte del silencio, pero ¿cómo hacer algo semejante a través de las palabras? A lo largo de una vida cimentada en las letras, la voz, la creación y la fantasía he llegado a un punto en mi vida en el que me resulta urgente sumergirme en las profundidades del silencio. ¿Para qué?, pensaréis muchos. Fundamentalmente para disfrutar, y sobre todo, aprender la magia de la escucha.

No es que hasta el momento haya hecho oídos sordos a las opiniones y realidades de ahí fuera, cerrando mi mente con llave a cualquier tipo de punto de vista distinto, pero también es cierto, por lo que vivo y por lo que observo que por alguna curiosa razón tenemos una necesidad obsesivo compulsiva de hablar, decir lo que pensamos y hacerlo en voz cada vez más alta. ¡Qué estupendo disfrutar de la libertad de expresión! vayáis a tomarme ahora como alguien que aboga la censura. 

Nada que ver con eso. Mi reflexión trasciende un poco a la perorata general que nos marcamos a través de las redes sociales, en nuestro foro más cercano o en cualquier blog como éste. Queremos decir, decir, y lanzamos las palabras con la energía de un ego que se complace en su conocimiento y la elocuencia de quien se cree un sabio. Y expulsada la primera tanda ya estamos elaborando la segunda para nuevo regocijo. Poco de escuchar al otro, pocas pausas, poco interiorizar. Si así lo hiceramos las conversaciones serían mucho más calmadas, lentas y quien sabe si aburridas. Tal proceso es tan pesado que en nuestro mundo vertiginoso no tiene cabida.

Propongo un tiempo de silencio al día, tal vez para empezar basten diez o quince minutos. (Aunque los que hacemos meditación ya disfrutamos de ese espacio) Suficientes para soltar el acelerador de nuestra vida y dejar que el paisaje de alrededor y de nuestra cabeza se ralentice y abra nuevos rincones a sonidos, imágenes y sensaciones fascinantes. Si cierras los ojos ahora y escuchas, ¿cuántas percepciones eres capaz de registrar? Eso invisible y desapercibido también es nuestra vida.

viernes, 7 de septiembre de 2012

El secreto del "seguro que sí"


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Con 20 años Paulo Cohelo se coló en mi juventud para fascinarme con sus estudiadas frases que conseguían convencerte de que “cuando deseas algo, el universo entero conspira para realizarlo”. Aquellas esotéricas máximas calaban en mi inocencia como maná que germinaba en un puñado de sueños e ilusiones. Después de El alquimista leí todos los libros que hasta la fecha había publicado y el empacho fue tal que la creencia trascendente que había despertado en aquellas primeras páginas se transformó en un humo violeta, dulce e inconsistente que sólo conseguía embriagar. Yo soñaba y el universo no conspiraba en absoluto para mí.

Dejé de creer entonces en entidades extrañas que te ayudan y protegen desde no se sabe muy bien donde, único resquicio de fe que me quedaba, después de olvidarme también de Dios en la adolescencia. En los últimos años he deseado y soñado más que nunca, casi diría que más que cuando era niña pero con una dosis de entusiasmo muy por debajo de lo requerido. Desear es saltar, entusiasmarse, cerrar los ojos con fuerza y concentrarse en lo que uno quiere y sobre todo tener la certeza de que es posible. ¿Quién es capaza de soñar con algo y a la vez estar convencido de que lo conseguirá? Ufff… prácticamente nadie.

Desde que una amiga me habló de confiar en la vida y otra de practicar el “seguro que sí”, he invertido la energía de mi propio universo. Cuando descubres que uno tiene mucho que ver con las cosas que vive, el poder que se experimenta es indescriptible, como también el miedo. Imagina que te convenzo y te das cuenta de que “seguro que sí” puedes alcanzar lo que anhelas. Entonces ocurrirá un interrogante mucho mayor… ¿qué quiero realmente? Y con esta cuestión, se abriría un extenso capítulo nuevo.

Esta semana tengo una infinidad de pruebas de que se han cumplido un buen número de deseos bien fórmulados. Las dos personas que han estado a mi lado pueden dar testimonio. ¿Qué tal si nos sentamos a pensar qué deseamos realmente? Seguro que tardamos un buen rato en desvelarlo.

Os animo a experimentar la magia de vivir una vida que te va ofreciendo aquello que vas deseando. Cuándo, cómo y dónde es el gran misterio, pero éste es un enigma posible de descifrar en el que de repente nos convertimos en protagonistas. ¿Seremos capaces de ser fácilmente felices? Seguro que sí.

sábado, 18 de agosto de 2012

Días raros y pronunciados

En los días raros los tejados invierten la lluvia para devolverla al cielo y el brillo agujerado de esperanza se suspende indefinidamente sobre las antenas en una burbuja desdibujada de fe. Entonces el aire retiene las gotas para dar paso al polvo abrasador del verano que se cuela en los ojos, escuece y araña con sutileza la piel. El cuerpo vuelve a casa herido, las manos ásperas y el espíritu doblado como papiroflexia en una pajarita inerte y diminuta que se descompone en virutas de tristeza. 

En los días raros hay música que juega a despistar, a lanzar al aire preciosos recuerdos para que escojas cualquiera mientras una mano se alza al azar y la otra esconde la mirada. Tomas varios con los dedos como mentiras que se convierten en agua hasta que la canción vuelve a empezar para repetir el juego. Imágenes desnudas girando en remolino dentro de un agujero negro.

Y la gente ya es nadie, y los nadie estrellas fugaces y tú sólo un grado bajo cero que tararea en silencio.


martes, 14 de agosto de 2012

Para qué cambiar


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La certeza de que nunca somos los mismos entra en contradicción con mi convencimiento de que la gente no cambia. Cuántas veces habremos escuchado esta sentencia: "Qué va Sandra, la gente no cambia" y yo no del todo convencida asiento con la cabeza y termino por dar la razón. Son muchos los ejemplos de personas que siguen prácticamente iguales a como las conocí hace tiempo, pero también se me ocurren ejemplos de otras que se trasfomaron y dieron matices nuevos a su vida que les aproximaron a la felicidad. 

Entonces... ¿Podemos cambiar? Cada vez me acerco más a la idea de que sí que podemos hacerlo: cambiar de opinión, de hábitos, de hobbies, de gustos, de personas que queremos cerca, incluso hasta de sentimientos, sensaciones y rasgos del caracter. Claro que podemos transformarnos y parecernos más a quienes nos gustaría ser. Eso no quita que también tengamos que hacer el trabajo de la aceptación, pero no tanto de quienes somos, sino de lo que nos hicieron ser. Esas circunstancias, casuales o no, que nos tocó vivir en la vida desde que se formó nuestra primera célula. La familia donde nacimos, las condiciones sociales, el contexto histórico, la educación y valores transmitidos, las experiencias profundas o superficiales, lo que nos dañó y también nos regaló alegría. El trabajo de aceptación de todo esto es tan titánico como inevitable si se pretende subir un escalón más hacia la evolución de uno mismo. ¿Quién está dispuesto a pagar el coste? ufff.... sólo quien tenga la verdad interna de que la recompensa merece la pena.

¿Cuándo cambiamos? Seguramente cuando nos toque y no cuando nos gustaría. Es posible que haya quién nunca lo haga porque la vida no le puso la determinación de hacerlo o no obtuvo la fuerza y capacidad suficiente cuando llegaron las oportunidades.

Asumir nuestro pasado, estar dispuesto a cambiar lo que nos llevará a ser mejores con nosotros mismos y con los demás, y de este modo, vivir más felices; y cuidar esa parte inmutable que todos posemos que podemos llamar el niño/a que llevamos dentro, alma o cómo nos sintamos más cómodos nombrándolo, pero que sin duda alguna está relacionado con la espiritualidad (aunque a muchos nos rechine la palabra) se configuran como pilares clave para tener una vida plena.

Lo digo yo sin ninguna verdad suprema, sin intención de domésticar a la masa o posicionarme como iluminada, pero cuando una vivencia desencadena pensamientos enredados a una intensa intuición me gusta plasmarlos para darle forma y si resulta algo interesante compartirlo.

Lejos de teorizar os invito a aparcar el intelecto y empezar a sentir. El descubrimiento que hay detrás no cabe en una explicación. Algunas cosas sólo existen cuando se experimentan.

jueves, 9 de agosto de 2012

Equilibrios

Anoche perdí el equilibrio cuando entre rumores de campanas me concentraba en el punto fijo de las torres de la Alhambra en antiguas posturas de yoga. Un enclave único me arropaba con la fragancia del aire templado de los pinos y la esperanza de un horizonte verde. En un Carmen del Albaicín escuchaba atenta las indicaciones de una clase de yoga exclusiva que te invitaba a conectar el cuerpo con la mente, el entorno y el corazón. Tan sencillo como complejo conseguir este doloroso equilibrio.

Los ojos en los frondosos árboles que rodean las almenas árabes, la mente en las indicaciones en inglés del profesor, el corazón derritiéndose como el calor pesado de un día de verano antes de la tormenta, mis músculos resentidos y el aire abrazándome, tal vez con la compasión de quien acoge a un pájaro herido.

Las manos al cielo y el mundo rodando a mis pies. El miedo, el amor, la nostalgia, la libertad y la gratitud arrullados en mi garganta que respiraba al ritmo pausado del espíritu nuevo que ando estrenando. El equilibrio imposible me desafiaba en posturas de profunda concentración y aunque caía, volvía a intentarlo porque así me lo recitaba el mundo en letanía de ermitas y trinos, en palabras que sólo yo sabía escuchar.

El atardecer me trajo sílabas en sanscrito, suspiros y una inexplicable sensación de paz. El equilibrio es imposible hasta que encuentras el gesto justo y sutil que detiene la sangre para convertirla en savia. Entonces el mundo deja de rodar y el paso no necesita ya ser firme, porque vuelas.


sábado, 4 de agosto de 2012

Volver

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De las noches de verano me gusta escribir al volver a casa, tras un paseo que bordea farolas azules y me invita a redondear la luna con el dedo mientras juega a esconderse entre los discontinuos tejados del cielo. Cuando el aire por fin llega fresco para recordar en un baile bajo la ropa que Granada es una ciudad de invierno.

El silencioso momento de los espíritus en el que el mundo gira vertiginoso y tu caminar se vuelve lento y pausado, como una escena de cine al aire libre donde la chica se gira a cámara lenta entre el frenesí inconsciente de la vida que se precipita a su alrededor. Así hago el camino. Igual que el astronauta que explora la luna con un flotante paseo. Doy un paso y otro. Respiro mi infancia en las calles del centro, los helados del Mc Donalds, el olor a la guardería en la que jugaba a trepar montañas de neumáticos, en la luz lánguida de las ventanas del colegio, el primer beso en el portal, las melodías de los dieciocho, el tiempo. La vida asomándose a los ojos como diapositivas antiguas con Sandra niña dentro, Sandra adolescente, Sandra Universidad y un millón de Sandras que vienen a enredarse en su nuevo cuerpo y reclamar su trozo de identidad.

Así vuelvo al origen, enredada en el verano pegajoso de agosto que hiela las manos y hiere el pulmón izquierdo que protege el corazón. Con el sabor a canela del pasado y el olor a nueces de septiembre. Regreso, transparente, para dejarme querer. Para extender las raíces y elevarme como un árbol, alto e inabarcable.

viernes, 27 de julio de 2012

Madrid


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Algunas ciudades te hablan entre el sordo estruendo de las ambulancias y la invisible inercia de la rutina. Mencionan palabras entristecidas que se durmieron porque apenas nadie las pronunció. Te desvelan porqués antiguos de la guerra, letanías de las iglesias, algún beso que otro, fugaz, lanzado con la esperanza de que la esperanza se gire un día sorprendida y empiece a creer en ellas. Así me habla Madrid desde sus cúpulas pesadas que me divisan pequeña como una hormiga que crea caminos de arena en el sentido contrario al reloj. Un reloj que marca la una, las dos, la una, las dos y sucede los días en un calendario en forma de gotas de lluvia y tormentas atrasadas.

Amo Madrid desde antes del tiempo oscuro de los volcanes internos y las mareas de espuma en los ojos. Antes de saber que Madrid podría también amarme a través del viento tembloroso de sus parques o las expresiones vacías en el metro. Me amó sin saber exactamente cómo, igual que hice yo con la torpeza del entusiasmo infantil y la ternura de la experta inexperiencia. Ahora que me marcho de ella, que tengo que olvidar la historia imposible que soñé vivir aquí, es cierto que lloro, a cada rato, en cada calle, mientras siento que debo marcharme del lugar en el que más desee estar.

Pero no es la ciudad con su formidable color gris y blanco, con sus urgentes sirenas y su asfalto. No es sólo el matiz de la luz cuando atardece y la mediocridad se vuelve un horizonte templado en el que reposar. No es su miedo junto al mío, ni su futuro enredado en el perímetro de mi corazón. No sólo su vida y su estallido, sino la figura perfecta y cálida que fue su nombre propio. Ese Madrid deletreado en manos claras y concretas, en ojos azules de mar, en pieles tiernas y morenas, en abrazos infinitos en forma de canción. Eso y tanto otro que no acabe en las palabras y se derrama, se derrama.

Decir adiós con las manos abiertas a la vida, vaciar los bolsillos y cambiar las letras de sitio con el propósito de descubrir el único alfabeto inventado para estrenar la nueva historia de mi felicidad.  

sábado, 14 de julio de 2012

Tiempo de sombras

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Cuando salió a la avenida nadie le avisó de que llovía con la suavidad redonda de las caricias. Y aunque no le importó demasiado recordó su paraguas gris que le hubiera albergado de la humedad triste del asfalto que siempre le helaba las manos y hacía cosquillas en las mejillas. 

Extendió al cuerpo y reconoció a su sombra en los escaparates de todas las tiendas, que la esperaban tranquilas entretenidas en diversas tareas realizadas con descuido. Algunas hacían muecas tras los cristales riéndose de sí mismas, mientras otras se agazapaban en el suelo haciéndose las dormidas, otras leían los relatos cortos de Cortázar o enviaban mensajes por móvil a la sombra que nunca serían.

La chica sonrío sin levantar la vista, inventando una torpeza de no haberlas reconocido y cuando se dispuso a pasar de largo entre el último rumor de la lluvia, sus sombras, todas en una, reaccionaron, temerosas de perder a la sangre y la piel que les daba vida. Escaparon de un salto de los edificios hasta llegar a su dueña impacientes por el abrazo que les devolvería al color. Por la espalda la asaltaron, en la última esquina, y con un tirón de pelo la reclamaron cantando su canción favorita. La chica concluyó el juego en un giro en espiral, un gesto involuntario y preciso que ahuyentó el temor de la tormenta y derramó de nuevo la claridad sobre las baldosas.

miércoles, 11 de julio de 2012

Viento en la ciudad

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Al viento hoy le ha dado igual mi tristeza, como al resto de los árboles y al mundo, que han seguido su ritmo sin percatarse de mi existencia. Casi me ha dado igual a mí también, que por un momento me he vuelto aire y hoja inquieta en las altas ramas verdes del parque.

Vivir en la nada es estar en el centro de una esfera de cristal que sólo guarda una partícula de oxígeno y respirarla una y otra vez con la magia de la eternidad que la vuelve única y completa. Dios debe parecerse a eso, a la sensación del viento. Ligero, sonoro, largo y vacío. Un remolino en el pelo cargado de templanza y paz. Inexistir en esta existencia.

miércoles, 4 de julio de 2012

Tener dos años para cambiar el mundo

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Si volviera a tener dos años llegaría a un importante pacto con los seres pequeños que dan cuerda al planeta y les prometería raciones diarias de piruletas y una burbuja espacial para atravesar el universo. A cambio les pediría la detención del tiempo. Una hora elástica en la que vivir eternamente en la que todos y todas nunca cumpliéramos más años que tres. Uno para sentir el mundo, dos para descubrirlo y tres para vivirlo.

Abrir los ojos al polvo dorado de la mañana y sólo pensar en respirar. Inhalar, exhalar... desde el vientre hasta el cielo sin prisa ni conciencia con el lento latir de los latidos. Sentirse sentido único, ser de oxígeno y organismo: temperatura, flujo, huesos y voz. Tocar el mundo, mojar en un charco el pie derecho y luego el izquierdo, hablar con las ranas y cantar.

Con mis dos años demostraría que el ansiado mundo distinto es posible y desvelaría el secreto de la fe. Sólo una varita mágica dibujada y los adultos se convertirían en niños retornando al origen del ser. Porque ya nadie recuerda quiénes fuimos y los que lo intentan viven condenados a una indescriptible soledad, melancolía de los cachorros que fuimos, felices, libres, auténticos.

domingo, 1 de julio de 2012

Ventanas

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Lo que busco es una ventana, más allá de los pasadizos ocultos y los misterios colgados del techo. Yo quiero un cristal transparente y abierto desde el que vislumbrar a los paracaidistas a lo lejos que en lento zig zag descienden como libélulas despistadas en busca de la partícula de aire sobre la que reposar.

No quiero ladrillos ni tapias, ni chimeneas que lanzan los sueños al cielo o bohardillas que negocian con la lluvia. Lo que busco es una ventana blanca que muestre senderos de nieve y raíces, el rumor del olvido, la esperanza y la inocencia maltratada. En los parpados que duermen y los dedos cerrados, en la saliva y el temblor reprimido del corazón. Horizontes azules, ventanas.

lunes, 25 de junio de 2012

La verdad escondida en el centro del corazón

deviantart

Tal vez sea tiempo de uno, de cómodos recovecos en los que tenderse con las entrañas en las manos a mirar al cielo. Tiempo de elefantes que se alejan con su arrastrado caminar pesado hacia el claro más helado del bosque para tumbarse y morir. Días de fósiles en el suelo, de océanos comprimidos en el ombligo y tierra en el paladar. Han llegado las horas herméticas del pensamiento, de la mirada oblicua hacia el corazón y la forma que tenemos por dentro.

Tal vez la vida nos salve de abismos circulares, del miedo encalado en la pared y las máscaras de media sonrisa. Que los caminos se desdibujen y creen senderos más rectos aunque para ello haya que buscar nuevas brújulas y rehacer el equipaje. La vida nos salva a veces y nos conduce al único trazo auténtico: el que nos desvela el sonido inapreciable de nuestra identidad y nos exige reconocernos. Escucharnos, mirarnos, rescatarnos y amarnos de una vez por todas y para siempre hasta el átomo más oscuro de nuestro ser que palpita y grita desde el inicio de los tiempos. Sólo entonces vendrá el tiempo de otros, cuando uno sea uno sin egoísmo ni vanidades, sin más sentido que el valor ancestral del amor. Entonces habrá hueco.

domingo, 10 de junio de 2012

Rescatada por el europríncipe azul

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Que te digan que van a rescatarte suena muy romántico, no me digáis que no. ¿O acaso lo primero que se os viene a la mente cuando escucháis este concepto no es un intrépido héroe a caballo blanco dispuesto a salvar de las llamas a la hermosa doncella que grita desde su almena? A lo mejor sólo soy yo que con mi imaginación se me va la olla. El caso es que me temo que desde este fin de semana la palabra rescate vendrá asociada a un sinfín de matices confusos nada que ver con los finales felices de los cuentos. Los de "y fueron felices y comieron perdices", aunque perdices algunos sí comerán, de eso no cabe duda. Ya me imagino a unos cuantos magnates de la banca desatando su furia roja en la Eurocopa mientras brindan y eructan elegantemente por la inyección de euros que van a recibir.

Yo que de Economía entiendo lo justo, comprendo do lo suficiente para saber la estafa retroalimentada a la que estamos sometidos con el tema de la banca, las finanzas, el rescate y alguna palabra mal sonante que lucho por retener. Pero claro, es lo que tenemos si queremos vivir así, en un sistema neoliberal donde lo único que importa es consumir consumir consumir sin que ni siquiera importe si tienes dinero o no. Los bancos especulan, gastan el dinero que no tienen, dejan de poner en circulación crédito y como resultado en vez de pedir responsabilidades, sancionar y hacer justicia, se les premia rescatándolos de su catástrofe con la redonda cifra de 100.000 millones "en condiciones muy favorables". ¿Cuánto dinero era el que hacía falta para acabar con los niños españoles que viven en el umbral de la pobreza?

Si hubiese que nombrar a la número uno en incapacidad de comprensión numérica, levantaría la mano sin pudor, mis dificultades con el cálculo las tengo asumidas desde hace tiempo. Porque al final las cifras son lo de menos, pues se convierten en cantidades incalculables que se terminan por verse como un monstruo abominable imposible de controlar. No hace falta ser experto económico para entender de justicia, irresponsabilidad y tiranía. 

Para saber que la historia se prolonga por los siglos de los siglos y mientras los ricos siguen con su despotismo haciendo lo imposible por ser más ricos, los pobres continúan deslizándose hacia una pobreza evitable coloreada de eufemismos. Si queremos capitalismo, esto es el capitalismo.

martes, 5 de junio de 2012

La maldición de perder el tiempo

El otro día recordaba un movimiento que descubría hace unos meses el cual invitaba a que tu vida tomara un ritmo más lento. La filosofía slow te rescata de la maldición de que no hacer nada es perder el tiempo y perder el tiempo es ser un vago, y ser un vago no ser productivo y por tanto un inútil para la sociedad.

Fuente: Google imágenes
Hablar de robots sigue pareciendo cosa del futuro o de alguna historia virtual. Me viene ahora a la mente el viejo personaje cortocircuito, nostalgia de los ochenta, o el entrañable wall-e enamorado. La imaginación nos arrebata de un golpe la idea de que los humanos nos estemos convirtiendo en autómatas y nos traslada a la idea romántica del robot con sentimientos. Me asusta esa programación a la que nos hemos abandonado en la que todo tiene que activarse a la hora prevista y no cesar hasta agotar las fuerzas. Vida mecánica, relaciones vertiginosas, espíritu colmado de vacíos. Pensaba en esto cuando retomaba la conversación con una amiga sobre la pérdida de tiempo y lo penalizado que anda esto cuando se trata de estar en este mundo de acá (distinguiendo el allá en otras culturas)

Me pregunto por qué corremos, qué prisa tenemos en comer, caminar, llenar nuestro calendario de actividades y aprovechar, aprovechar el tiempo. Supongo que pararse a respirar, detectar tus emociones, las sensaciones de fuera y de dentro, reflexionar, descansar, soñar o simplemente estar resulta inconcebible por no entender para que sirve. La no acción es aburrida e incomprensible y seguramente hasta molesta. ¿Huimos? ¿A dónde queremos llegar?

Una reflexión que comparto.

jueves, 31 de mayo de 2012

Ojos que lloran, corazón que no mira

Pinterest: Joanna Riquett
Todos hemos disimulado. Girado un poco la cabeza, sin que apenas se note, por la curiosidad, para volver rápidamente a la pantalla e incluso ponernos los cascos ante algún entretenido video de youtube. Ni movernos. El locutorio de la calle Toledo ha exprimido la obviedad hasta reventarla y hacerla desaparecer cuando en el minuto doce de las tres de la tarde un hombre ha roto a llorar en una de las cabinas contiguas a los ordenadores. Las lágrimas han sido sonoras como el desgarro de su dolor que le ha asaltado en mitad de su llamada para darle la vuelta a su corazón y convertirlo en agua. Pero ha dado igual. El ambiente se ha vuelto gelatina y las nubes de algodón, porque nos hemos vuelto niños en la sala y no hemos sabido donde mirar.

Tenemos un bebé dentro, escondido, maltratado, devorado por la sociedad. Pero se revela, estalla y nos mancha las manos ante la imperturbabilidad del adulto. Del mundo mayor de pegamento.

lunes, 28 de mayo de 2012

Violencia o qué

Si con minúsculos incidentes como que te roben el móvil en el metro o tengas que someterte a los rígidos dictámenes de las compañías telefónicas, la agresividad se dispara de un modo relevante, me resulta fácil pensar en la ira y la violencia que mueve a muchos por el mundo. Los que son en definitiva, víctimas de la injusticia. Comprendo la violencia, absolutamente, y aunque no por ello la justifique como vehículo hacia ningún fin, lo más natural del mundo es que aflore cuando el ataque es evidente o incluso pase desapercibido.

Como seres de la naturaleza que somos, estamos bien capacitados para reaccionar ante el peligro de la selva, ya sea la selva un frondoso vergel silvestre, hábitat confortable de animales salvajes; ya sea una sociedad infectada de cabrones/as. Sólo difiere la forma que alberga un mismo contenido.

El sistema me somete a una vida precaria, sin oportunidades, con una violación atroz a los valores fundamentales, me ahoga, engaña y se ríe de mí en mi cara. Si ante este sutil sometimiento nuestro cuerpo no reaccionara estaríamos verdaderamente muertos. De ahí el fuerte interés por alinearnos, entretenernos y acobardarnos orientado a convertirnos en marionetas o zombies, a gusto del consumidor.

Estoy furiosa, mucho. Tanto como asombrada de que todavía la mayoría de los pensantes, tomemos aire y busquemos caminos pacíficos y conciliadores para plantear otra historia, y de conseguir que la ira que nos supura en la sangre no consiga estallar fuera, ni tampoco dentro de nosotros. Me robaron ayer el móvil, pero no es el móvil lo que me robaron, sino mi privacidad: mis fotos, contactos, teléfonos, mails... con la misma suavidad y sutileza con la que también el estado nos roba. Nadie nos dimos cuenta en tan sólo 4 paradas de metro de quién deslizó su mano en mi bolso hasta alcanzar el teléfono y alejarse tranquilamente. ¿Por qué? seguro que sobran las razones, pero ni una sola me vale.
Estoy harta de ser víctima de situaciones estúpidas como la que os describo y de otra gran retahíla imperdonable.

Pero para mí, lo más grave: la impunidad, la normalización y la banalidad. "Mujer, tampoco es para tanto, es normal que roben en el metro y por las calles. Todos los días pasa" Ah... pues entonces, nada más que hablar.

Sobre movistar escribo otro día...

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domingo, 20 de mayo de 2012

Compartiendo, sobra

Ya lo sabía desde hace tiempo y, aunque intenten hacérnoslo olvidar, yo consigo tener experiencias demostrables cada mes que me lo recuerdan y regalan una pequeña satisfacción de que se puede. Se puede vivir de otra manera. Tal como viene a enseñarnos la parábola del evangelio sobre los panes y los peces, y dejando al lado mi agnosticismo: compartiendo, sobra. Dos mentes juntas piensan más y mejor y construyen lo inconstruible por uno solo.

Hoy vengo a hablar de la iniciativa de Desayunos Ciudadanos que llevamos desarrollando en Madrid desde hace año y medio. Con ella promovemos el uso de la ciudad como un lugar de encuentro, más allá del uso de las calles como espacio de tránsito o consumo. Reinventamos las plazas, los parques, y los rincones olvidados como lugares del ciudadano en los que reunirse a compartir. Sí, compartir exclusivamente. Cada uno se acerca al punto de encuentro con una aportación culinaria para el desayuno, una taza y muchas ganas de conocer a otra gente con la que relacionarse. Sí, relacionarse: hablar sin teléfono móvil, ni banda ancha de internet. Interactuar con desconocidos sin una gota de alcohol de por medio u otras sustancias deshinibidoras. Mirar a la cara al de enfrente y escuchar, responder, preparar un pastel de crema para no sabes muy bien quién.

Cada mes son más los que se animan a esta iniciativa natural y espontánea que en el mundo que vivimos supone algo exótico y extraño. Jóvenes, ancianos que pasean y niños disfrutan de esta reunión intergeneracional que da una prueba más de que las cosas se pueden hacer de otra manera. Pero si ponemos sobre la mesa valores como la solidaridad, la unión, el respeto, la colaboración y la alegría... ¿Qué nos queda? un movimiento hacia una sociedad nueva. ¿Le interesa eso a los que gobiernan, sean los unos o sean los otros? Es obvio que no.

Pues a nosotros no nos importa. El mes que viene más.

martes, 15 de mayo de 2012

M de Motivos



Mis 15 Motivos para salir a la calle, que también pueden ser los tuyos:

1. Porque la actividad es siempre mejor que la pasividad y salir a reivindicar justicia implica un proceso de observación de la realidad, toma de conciencia, energía para cambiar las cosas y fe en conseguirlo. Valores nada despreciables en esta sociedad dormida. Salir es moverse, pensar por uno mismo y unirse, más allá del borreguismo.

2. Porque no queremos tener miedo: ni a la represión policial de un movimiento pacífico, ni a las amenazas de las consecuencias de la crisis, ni a perder el trabajo o no encontrarlo, ni al poderoso que manipula y oprime.

3.Porque rechazo la mentira del futuro que se le prometió a mi generación: la más preparada de España y la más abandonada. ¿dónde están las oportunidades, el trabajo, el sueldo y las condiciones dignas y la vivienda? ¿Qué fue de nuestros derechos?

4. Porque invertí mi tiempo, esfuerzo y dinero en formarme, estudiar idiomas, salir al extranjero, trabajar sin cobrar y todos cuántos requisitos pedían para un puesto de trabajo y a mis 31 años, el sistema me hace creer que si no tengo empleo es porque no valgo o no hago lo suficiente. Roban mi dinero y me anulan y convierten en monigote para hacer conmigo lo que quieran. Eso, ya se terminó.

5. Porque creo en los niños y en una educación transformadora de la sociedad que hace crecer en valores y construye un mundo mejor. Lo creo desde lo más profundo y éste no es el camino.

6. Por solidaridad. porque si uno puede pensar que está puteado, sobran números para contar quién está mucho peor: cerca, lejos y más allá. ¿Recortes en cooperación? Qué se mueran los pobres. ¡¡¡Pues no!!!

7. Por el ejemplo, de jóvenes que creen en un cambio sin violencia y lo expresan en discursos y demuestran en las calles. No responder con violencia a la violencia invisible y sutil que sufrimos es de ser unos campeones. Que hay focos de violentos? ¿Quién pega a quién? Son respuestas puntuales que en absoluto definen este activismo y que sólo desvían la atención. Millones de personas bailan y vitorean justicia, frente a un ínfimo número de exaltados que habría que analizar.

8. Por el pasado en el que tantos y tantas valientes lucharon por conseguir derechos que se han mantenido hasta hoy (de momento): el voto de la mujer, derechos laborales, etc, etc. Los que se movieron por una transformación merecen tampoco nosotros nos callemos.

9. Por el futuro de los que vienen. Porque si alguna vez tengo un hijo, haré lo imposible por acompañarlo en su crecimiento hacia una persona con valores y ofrecerle una sociedad en la que desarrollarse con todos sus derechos básicos garantizados.

10. Por el género humano capaz de las más abominables atrocidades y los actos más maravillosos. Nos sobra perversidad, tortura, guerra y agonía; tanto como nos sobra humanidad, solidaridad, empatía, generosidad, cariño. Hagamos de una vez por todas una apuesta por lo último.

11. Por los extranjeros. Porque no tolero que ningún amigo/a marroquí, rumano o polaco deje de ser atendido en un hospital por venir de lejos. ¿Y los europeos? Esos no son inmigrantes.

12. Porque soy mujer y protesto. Me revelo ante toda decisión que si perjudica al resto a nosotras siempre mucho más. Porque exijo igualdad de oportunidades, de tratamiento y de derechos que los hombres. Porque yo soy quién decido y nadie me impone con su ley qué hago con mi vida.

13. Porque mi dinero no es para financiar armas, ni especular, ni para que los bancos me cobren si decido sacarlo y estrujen mis míseros euros para su riqueza.

14. Porque la política no es esto. Dos partidos eternamente enfrentados: estúpidos, absurdos y canallas. Cerrados y cegados por el ansia de poder, incapaz de formentar el pluralismo de voces o de unirse para buscar soluciones porque lo importante son las personas. Esta no es la política que quiero, ni los partidos, ni las maneras.

15. Por mí misma, porque si me respeto, respeto y quiero que los demás se respeten, no podemos quedarnos quietos. ¿Es esto lo que merecemos?

Creo que no es necesario dar más motivos. Aunque los haya.

domingo, 13 de mayo de 2012

Ir a Sol es de retrasado mental

Fuente: http://periodismohumano.com

Anoche Sol puso luz a las tinieblas de la noche y el cuerpo de seguridad, que da la vida para protegernos si es necesario, orden y control sobre el caos. Pero, ¿qué caos? Llegué a la manifestación "cuando cerraban" como diría mi amigo puche29, pasadas las 12.00 de la noche y el ambiente tranquilo y festivo llegó a sorprenderme. Una fila de policías se alineaba en la pared de la izquierda de la calle Carretas, según bajas desde Jacinto Benavente y otros tantos hacían lo mismo al rededor de la plaza. Quietos e impasibles nos observaban como estatuas de un jardín botánico sin el mínimo atisbo de violencia. Al menos, eso es lo que yo vi a esas horas de la noche. Un importante núcleo de gente se reunía en centro bailando al ritmo de una batukada y vitoreando alguna que otra frase pegadiza: "Vuestra crisis, no la pagamos". Poco más: más gente sentada en círculos en el suelo, charlando tranquilamente como si el áspero asfalto del pavimento se hubiese convertido en un confortable parque más. Recorrí la plaza ilusionada. Era bonito ver a tantas personas tan diferentes, a esas horas de la noche, reunidas por una misma causa, luchando y creyendo en otra sociedad posible y reivindicando justicia desde el más absoluto pacifismo. La indignación que se escuchaba, a pesar de la carga de rabia de las palabras, había pasado el filtro de la cordura y se lanzaba bajo un tono musical.

Pero sobre las 4 de la mañana, la situación dio una vuelta de campana. El grupo de policías cercó la plaza y comenzó a expulsar a la gente, no hasta las inmediaciones del recinto, si no bastante más allá. Fueron empujando hasta acorralar a la gente en la acera de la plaza Jacinto Benavente y mandarla salir en dirección Atocha o Tirso de Molina. Yo no estaba allí pero Alberto Sicilia sí y fue uno de los desalojados e innecesariamente insultados y humillados. ¿Por qué? Me indignación se multiplica y corroe hasta el infinito. ¿Con qué derecho nadie tiene el poder de provocar el llanto? 

Con este post sólo quiero difundir la historia de este chico. Unirme a su voz y contarlo, indignarme a su lado y solidarizarme con su dolor.

¡¡¡Basta ya de injusticias!!!

lunes, 7 de mayo de 2012

Vivir para morir


Esta foto es de ayer. Ayer domingo, cuando por Madrid por fin asomaba el buen tiempo y muchos nos lanzábamos a la calle a disfrutar de un paseo, una cerveza al sol, o la compra de algún caprichito en el rastro. En este lado del mundo donde el Mediterráneo es un gran mar templado y las orillas un borde desde el que mirar el horizonte e imaginar el fin de la crisis, es sencillo olvidar quién vivirá al otro lado, si es que vive alguien. Urgente e imprescindible olvidarnos.

La imagen es de ayer, porque fue ayer cuando el fotoperiodista Gervasio Sánchez se cruzó en mi tiempo de ocio y me ofreció el panorama devastador de la guerra y la abominables hazañas del hombre. Las activas y las pasivas. Estas niñas agonizan en un orfanato, infectadas de cólera, y poco tiempo después del relámpago de luz del flash que las inmortalizó, exhalarían su último aliento. No lo supongo yo, lo cuenta su autor en los textos que acompañan la exposición dónde esta foto se exhibía junto a otras de tremenda realidad.

Cuando viajé a los campamentos de refugiados saharauis con el fin de recoger la experiencia humanitaria de los sanitarios del hospital en el que trabajaba, la sacudida interna que sufrí me posicionó inevitablemente en el mundo de un modo diferente. Supe que si había elegido contar historias, contaría aquello que se cuenta en voz baja o que es mejor no mencionar. No podía creer que aquella gente viviera en el desierto en tales condiciones y que al mundo no le importara. No sólo al mundo, ni siquiera a los españoles cuyo pasado los unía a los saharauis como parte de su historia. ¿Pero eso dónde está? me preguntaba algunos al volver. Y yo caía en la tentación de explicar no dónde estaban ellos, sino nosotros. Porque España, Europa y los países ubicados en el primer mundo, somos la excepción. La burbuja que flota sobre el resto de los continentes con una prepotencia asumida e insoportable. Nosotros estamos aquí y somos los raros. Los normales son ellos. Los que se mueren de hambre, son víctimas de conflictos y guerras de interés económico, por cierto, provocada por nosotros. Ellos están ahí, mira, en el resto de todo el mundo: en África, Latinoamérica, los Balcanes... Son mayoría.

Estas niñas murieron de cólera. Otras tantas fueron violadas, maltratadas, vendidas. Y pasó ayer, como os digo, pero también pasa ahora. En este minuto de lectura tuyo y de contacto con el teclado mío. Si nos paramos a lo mejor se escucha el lamento, el desgarro, la tortura y la desesperación.

¿Un artículo para sentirnos culpables? Aunque suene indecoroso, tal vez sí, porque ¿somos o no culpables?

viernes, 4 de mayo de 2012

Desoñadora

https://pinterest.com/pin/247768416969686456/ 
Más allá de lo onírico, no tengo sueños. Me he convertido en víctima de una aplastante tristeza que ha ido haciendo efecto gota a gota, como un suero que alimenta las venas hasta infectarlas. El bombardeo de la crisis ha conseguido su efecto devastador y ha transmutado mi mente y mi piel en algo que jamás desee ser, o que tal vez fui siempre y nunca tuve conciencia. Se ha instalado en mí la desesperanza, la desidia y el nihilismo y aunque la responsabilidad la tiene buen número de factores de ahí fuera, he caído en la trampa de convertirme en víctima de mí misma.

Es el desempleo, la corrupción, la injusticia, el desamor y la lluvia, pero principalmente soy yo. Las dimensiones de tal tiroteo han agujereado mi hígado, mi pancreas y mi corazón y si te asomas al interior, sólo se vislumbra un humeante paisaje de guerra: el campo templado de fosas comunes y ruinas. Son tantas muertes ya las que se acumulan.

Han vencido ellos.
Y mis escombros arden en los basureros.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Tocarse para salvarse

by ~inessentialstuff
Todavía hoy me sorprendo al descubrir la cantidad de tabús que sostenemos en relación al sexo. Tal vez hayamos superado algunas cosas, sobre todo a nivel de pensamiento. Con esto me refiero a no sentirnos mal por sentir placer y curiosidad al pensar en ciertas cosas. Sin embargo, todavía nos cuesta hablar de temas naturales e históricos como puede ser la masturbación o determinadas fantasías, así como plantear abiertamente dudas y prejuicios.

Más allá de la broma, la exageración o el ridículo, pasando por el otro extremo de abordar el tema de forma científica y excesivamente seria, no encontramos el punto medio. El de la conversación libre, distendida y enriquecedora.

Esta reflexión viene ligada a los resultados con los que me he topado en google cuando buscaba información sobre adicciones. La lista de resultados venía encabezada por la adicción a la masturbación y los enlaces que he encontrado han sido alarmantes. Numerosos foros debatían esta práctica como enfermiza y peligrosa y una gran cantidad de personas desahogaba su angustia y culpabilidad escondida tras pseudónimos anónimos. La iglesia católica tiene algo que ver, por supuesto, y en su divulgación de la fe, no puede dejar de difundir dogmas de pecado y condena.

Pobres jóvenes los que escuchen y sobre todo crean discursos como éste, que centran su mensaje en el vicio, la obsesión y perturbación de la persona. Este otro artículo, tampoco tiene desperdicio. Sin duda, hay que leer de todo. La diversidad de formas de estar en el mundo y pasar por él es incalculable y una suele saber que cada uno es libre de elegir el mejor modo de estar en él. Pero eso es. Libre de elegir. ¿Dónde se queda la libertad cuando aparece un dogma? Complicado.

martes, 24 de abril de 2012

Arteria Utopía

by *libelle en deviantart
Estoy leyendo a Murakami en su prosa más desnuda y realista con la que el universo más fascinante que recrea es el de su día a día. Una reflexión intermitente acerca de la vida a través del acto cotidiano de correr y también el de escribir. Contaba en las últimas páginas que voy leyendo que para escribir una novela, siquiera escribir sin más, hay que tener talento. Una dosis mínima al menos, así como la concentración y constancia imprescindibles si la intención es llevar a buen fin el acto creativo de largo recorrido que exige un género como la novela.

Reflexionar sobre el talento me resulta algo dificultoso, sobre todo porque no sé exactamente cómo podría medirse algo así. ¿Viene relacionado igualmente con la inspiración? Dicen los escritores que a muchos les visitan las musas cuando menos imaginan o se les acumula un puñado de frases en la boca cuando no tienen intención alguna de crear una historia. Y entonces, no tienen más alternativa que vomitar esas letras que lo asedian antes de que provoquen un corte de digestión. ¿Es eso el talento? ¿Contar con una fuente creativa que brota a sus anchas y a la que puede ser interesante canalizar hacia la comunicación escrita?

Si es así podría decirse que en algún momento he vivido experiencias de ese tipo y que, en ocasiones, además de despertarme las pesadillas, también lo hacen las palabras. Como ha ocurrido hoy y por lo que vengo a actualizar este blog. El amanecer me ha sorprendido con dos sustantivos tan inconexos como conexos, pero absolutamente descontextualizados: Arteria Utopía. Parece un título de algo, ¿pero de qué? 

Artería: corazón, órganos, cuerpo, humano, amor... 
Utopía: sueño, deseo, lucha, esperanza, imaginación...

De momento les daré forma usándolas como título de esta entrada y si de nuevo debo encontrarme con estas dos palabras, veamos dónde puede ser.

Lo del talento no sé, pero lo de la concentración y la constancia lo tengo mucho más claro: creo que nunca llegaré a ser novelista. No pasa nada, tampoco me lo había planteado. Y mientras existan algunos como Murakami y otros cuántos más (Sampedro, Carmen Martín Gaite, Cortázar...) ¿qué más hace falta?

martes, 17 de abril de 2012

Perdida en la generación perdida

Yo nací un año antes que Benjamín, pero como él, crecí viendo espinete, jugando a girar el trompo, a intercambiar cromos y a "beso, atrevimiento, verdad" (que ganas por entonces de sentir el primer roce, ese que tantas veces habías admirado en las películas) También saqué buenas notas en mi promoción, no repetí nunca, terminé mi licenciatura y disfruté de la Universidad. Sobre todo de la cafetería, donde descubrí personas extravagantes, de mentes extravagantes pero inexplicablemente apasionantes. La mayoría, mucho más parecidas a mí que las que encontré en ningún otro espacio. La biblioteca fue mi segundo refugio solitario, porque además de visitarla para sumergirme en los mundos de la Filología Hispánica, me acurrucaba en las mesas del fondo, junto a los ventanales para escribir y escribir, en lugar de ir a clase.

Benjamín se formó tan bien como yo y proyectó su futuro hacia lo que tanto nos habían prometido y, del mismo modo que yo, también creyó que era capaz de conseguirlo porque como bien nos habían dicho "éramos la generación sobradamente preparada que necesitaba España".

Los dos ahora adelantamos el pie hacia a la treintena y miramos a nuestro alrededor desalentados ante el panorama desolador que nos rodea y la gran mentira con las que nos sorbieron el cerebro. Ni somos los que inventaron, ni vivimos el futuro que dibujaron en el aire como una pompa de jabón. Nos miramos las manos y suspiramos, conscientes del árduo trabajo de reconstrucción.

Queremos un final feliz, pero no el que nos contaron. Queremos ser quienes somos, descubrir que quedó de auténtico en el interior y qué queremos hacer con él para construir el mundo que deseamos vivir. Una utopía a la que aferrarse aunque también muchos días provoque desaliento.

Me agarro de la mano de Benjamín, yo tampoco quiero formar parte de la generación perdida.


miércoles, 11 de abril de 2012

Sube el transporte, baja la dignidad

Fuente:  http://proudofbeingstrange.deviantart.com/    
Supongo que necesitamos que al salir a la calle tranquilamente un policía nos aporreé las piernas o que al llegar a la ventanilla del banco para sacar dinero el que nos atiende nos dé un puñetazo en la boca para, tal vez así, reaccionar algo más.

Parece que la violencia sólo la entendemos en el cuerpo a cuerpo y que mientras no nos rocen ni un ápice la piel, el gobierno y el sistema puede estar dándonos por todos lados con el máximo decoro posible. Hasta de forma elegante, diría yo.

Estoy indignada. Mucho, porque además de ver cómo caen los presupuestos para la educación y la sanidad pública o cómo se multiplica el número de parados y se recorta en Cooperación al Desarrollo y en Ciencia, hoy me levanto con la noticia, de que una vez más, en menos de un año, sube el precio de transporte en Madrid a 2€:
El mayor incremento se produce en el Metrobús de 10 viajes, que pasa de 9,30 a 12 euros (un 29% más). La tarifa para llegar o salir del aeropuerto de Madrid Barajas se duplica hasta cinco euros y los abonos mensuales suben casi el 8%.
 ¿¿Pero esto qué es?? 

Asistimos a la nueva función del circo que tenemos montado con manifestaciones y huelgas dudosas que vienen a entretener a políticos de un color y de otro frente a las pantallas, mientras ellos diseñan el nuevo mapa de recortes sociales y suman los euros que lleva ahorrado el país, pero sobre todo su bolsillo. A costa de estos, no gastan aquellos. Los imagino reunidos en casa de alguno, con unas latas de cerveza y unos manises, cambiando hábilmente de canal, divertidos con las pancartas de un pueblo que la mejor manera de protestar que tiene es salir a la calle.

Que también. Salgamos a la calle, por supuesto, que menos que demostrar que no tenemos miedo. Pero me pregunto qué más necesitamos para reaccionar ante esta violencia sutil y tomadura de pelo que estamos recibiendo muy lejos del cuerpo a cuerpo, pero infinitamente más dañina.

Todavía algunos creerán el discurso de que éstas medidas son necesarias para levantar el país y de que es este sacrificio es imprescindible para rescatar a los españoles de la crisis y vivir futuros tiempos mejores.

Supongo que por eso van así las cosas, por los que tienen la excelente habilidad para convencer y por la ineptitud y desunión de los que quedan al otro lado de "al fondo a la derecha".

Esta España dividida, ni se sostiene, ni evoluciona, ni es ya creíble por nadie. Este sistema capitalista si no pide a gritos reemplazarse por otro, sí, desde luego, una renovación profunda.

Sin trabajo, ni subvenciones, ni estabilidad para el que al menos mantiene un empleo. Con el miedo inyectado en la sangre como un virus que paraliza. Con una educación y sistema sanitario cada vez más precario, valores centrados en el poder y la corrupción y una sociedad aletargada que va despertando pero que no sabe muy bien para dónde tirar, los de arriba, lo tienen todo hecho. ¿Y nosotros? a seguir esperando la bofetada, porque esto, esto no es violencia.

(Y no puedo evitar pensar en Anand, un pequeño de dos años que sí que despierta al mundo, con los ojos muy abiertos y un entusiasmo que me desborda. Qué sociedad vamos a dejarle. Por qué le tocará luchar a él.)

lunes, 9 de abril de 2012

La niña que suspiraba más de lo normal

Por cada suspiro una nube cambiaba de forma y un vacío interno se cubría de grietas, tomaba un color tierra áspero que infectaba de polvo el órgano del corazón. Entonces tosía y volvía a suspirar. Su cuerpo la llamaba con involuntarios gestos orgánicos que buscaban alertarla para que ella parase y mirase el origen de su escozor.

Ains, suspiraba de nuevo, en cualquier parte y a cualquier tiempo. Le ocurría a menudo en las esperas prolongadas, cuando se sentaba en huecos de la pared a esperar el tranvía, también en las aburridas colas del supermercado y frente a la olla de agua que hervía en la minúscula cocina de su apartamento. Es verdad que suspiraba, seguramente más de lo previsto y a pesar de que también ella lo había notado, desconocía el motivo y pensar en él sólo provocaba más lacónicos suspiros. Ains.

Después tosía, miraba el reloj, apoyaba sus mejillas sobre los puños y recalculaba: recuerdos, tareas pendientes, llamadas sin llamar, correos electrónicos acumulados, deseos que la inmovilizaban, mal humor, un minuto, otro, una vida consumida en consumir.

Y otro suspiro.
Ains
Los vacíos agrietados y polvorientos comenzaban a chirriar.
Ains, suspira la niña que camina y gira sin movimiento.

Pasan las estaciones, se despide la luz, cruje el aliento: vacíos, abismos, tiempo. La inexistencia después, el suspiro último antes del vendaval, de sabernos muertos.

jueves, 29 de marzo de 2012

Antes y después de la huelga, el cambio real


Las huelgas están muy bien frente a las no huelgas. Por lo que implican de movilización, de cierto grado de análisis de la realidad y de deseos de cambio. Por lo que tienen de fe en algo mejor y de activismo, y porque sin duda alguna alzar la voz ante las injusticias siempre es mejor que callar y bajar la cabeza. Porque tiene un componente de unión interesante, a pesar del desuso y perversión que sufre este vocablo y porque sí, porque basta ya de silencios insostenibles.

Sin embargo, en época de cambio y transformaciones hacia no sé sabe qué. En años de desestabilización del sistema capitalista y evidente futuro incierto. En días en los que más gente se para a pensar y lanzar la mirada más allá de su ombligo, mientras abanderan discursos de solidaridad, justicia e igualdad; la acción, ahora más que nunca, sobrepasa cualquier tipo de manifestación y huelga. No prescinde de ellas, pero tampoco se acomoda en lo cómodo de no ir un día a trabajar o salir a pasear una tarde acompañados de una multitud incalculable. (Contamos con organismos y medios que por desgracia no saben contar. Contar números me refiero y dar cifras reales de estas concentraciones. Lo suyo es contar historias)

Y no estoy hablando de violencia, a pesar de que la respuesta más fácil ante el ataque violento pero sutil de este sistema que recorta en sanidad, educación, cooperación, derechos y apela al sacrificio para alcanzar un mundo mejor, sea responder con violencia. Hablo de ir más allá de las dos Españas en las que durante años seguimos instalados: "ellos y nosotros en el nuevo campo de batalla de las plazas, los medios de comunicación y ahora también las redes sociales". Hablo de la acción coherente que tiene un impacto real e inmediato. Hablo de hechos concretos que sí tambalean el sistema, que sí cuestionan y obligan a dialogar, consensuar, ceder y buscar soluciones para la mayoría.

Consumir menos: ¿quién se atreve a gastar menos en copas, a comprar lo imprescindible o a no renovar la tecnología hasta que deje de funcionar? ¿quién es capaz de usar menos el móvil?
Reducir el poder de los bancos: ¿cuántos deciden sacar su dinero de los bancos e ingresarlo en otros más éticos que por ejemplo no financien armas? ¿o quien opta por prescindir directamente de ellos o al menos de la tarjeta de crédito?
Vivir de manera sostenible ¿cuántos reciclamos en casa, escuchamos o somos solidarios? ¿qué porcentaje de gente compra productos de comercio justo? ¿quiénes nos informamos en fuentes contrastables y tomamos la molestia que construir nuestra propia opinión?
No creernos el miedo del que se valen para manipularnos. Ser críticos y lúcidos antes que caer en la protesta ciega de la ira.

No existe el hombre perfecto, ni la mujer intachable. No hay humanos ideales que creen en ideales y construyen un mundo ideal. Pero sí humanos capaces. Porque el hombre que piensa y se mueve y realiza descubrimientos como la rueda, la imprenta o la penicilina tiene una gran capacidad, demostrada históricamente, de hacer las cosas bien y de conseguir mejoras para este mundo.

Mi intención no es el reproche, sino compartir esta reflexión personal que me lleva a mí misma a plantearme lo que hago y lo que estamos haciendo. Hacen faltan cambios, pues cambiemos. Si la transformación empieza por uno mismo, comencemos en casa, en nuestros hábitos y costumbres, aunque también salgamos a la calle para compartirlo.

Se me ocurre, nada más.

viernes, 23 de marzo de 2012

Vivir sin piel

Fue algo cálido, templado, tal vez el pecho de mi madre o el pliegue del cuello al hombro. No lo recuerdo con nitidez pero sí la sensación de algo caliente en lo que refugiarse. Así se estremeció mi piel por primera vez, cuando el instinto de ser pequeño buscó desesperado algo a lo que aferrarse y lo salvara de lo desconocido. Algo humano a ser posible, con sangre y movimiento.

Con los años, la piel fue desapareciendo. Mis recuerdos reales, más allá de la intuición primitiva, almacenan un enorme vacío en blanco y negro con forma de objeto geométrico: un hexágono hueco, limitado y estrecho, como si se tratara de un habitaculo perfecto en el que crecí encerrada con el privilegio del contacto censurado. Un espacio donde oír, ver, hablar y no tocar. Había llegado a un mundo donde el único aprendizaje de la piel legítimo era el del sexo o la violencia; y la búsqueda de protección y ternura se había transformado en una opción implanteable para un humano que debía ser fuerte y autosuficiente.
En el proceso de hacerse grande besarse supone un paso hacia el deseo, tomarse de la mano un compromiso, y acariciar el cuerpo un irremediable gesto de lujuria.

Fue en ese punto impreciso pero cierto cuando el hombre y la mujer comenzaron a llorar en silencio con tanto cuidado y decoro que nadie apreció su lamento, su demanda de piel con piel como alimento interior.

Todavía hoy la gente disimula en los andenes del metro, en las largas colas del banco y en los restaurantes bulliciosos de un día festivo. Disimulan sin saberlo, convencidos de su felicidad, pero ocurre en todas las horas del día si decidimos mandar callar. Si nos tapamos la boca y nos encogemos en el suelo en la postura milenaria en la que durante nueve meses se gestó nuestro universo.

No importa el lugar donde estemos: en la carretera o el parque, en la esquina que dobla la avenida o la tienda de zapatos del centro. En casa en el salón o en la cama en inverno, en la ventana, el portal, en la luz roja del semáforo. Sobre la mesa de reuniones o la barra del bar. En cualquier espacio se oye si estamos atentos. Lloran los hombres, sollozan las mujeres que perdieron la piel cuando crecieron, se ahoga su cuerpo desnutrido, se descomponen las almas.

Vivir sin piel, morirse por dentro.

jueves, 15 de marzo de 2012

Laberinto interior

Por dentro:
un tobagán verde, un trozo de pan con mantequilla, colacao, el pelo como un chico, los caminos de tierra, oleaje.

www.planetaki.com

Por dentro, en la cabeza
un laberinto oxidado, un silbido, puertas y ventanas que se abren para cerrarse, un rostro cerrado con llave, viento en los ojos que se apagan, viento que levanta el pelo, infla la ropa y seca los labios. Viento que hace llorar.
Fuera: 
tubos de escape, llagas, deformidad y sentencia, protocolos ineludibles, robots que sueñan. Hipotermia.
Aquí, en la garganta: 
canciones de cuna, asfixia, gritos modulados en tonos amables y un misterio por desvelar.
Más allá:
el cielo, las cuatro estaciones invertidas, una burbuja de jabón violenta y dentro el planeta recortado con forma de calabaza y una orilla de espuma blanca simulando la transformación.

Por dentro:
un prisma de cristales pequeños con colores y formas geométricas, un catalejo hacia otro horizonte.
Por dentro: yo, 
una palabra informe, borrosa y redefinible. Inexacta.

jueves, 8 de marzo de 2012

Yo, mujer y hombre

Fuente: http://maesecereza.deviantart.com
En el Dia de la Mujer, soy mujer como lo fui hace tres días o lo seré en los cinco minutos próximos. Soy mujer pero soy hombre, porque se espera de mí que lo sea, aunque lo decore de un toque femenino que le dé cierta elegancia a mi personalidad. Pero ni ser mujer ni ser hombre me hace sentir persona porque no me reconozco en ninguno, igual que puedo reconocerme en los dos. Los expertos o las expertas del tema podrán hacer sus comentarios y explicarnos científicamente qué hay de biológico en nuestra identidad como seres sexuales, qué de social, qué de conveniente. 

A mí, la verdad, me parece bonito ser mujer, porque sinceramente sus formas me parecen más bonitas. Sin generalizar pero hablando en general. Me refiero a las curvas de su cuerpo, a sus diagonales y planos, a los recovecos y al olor. No tanto el perfumado como el propio, ese personal que todos tenemos. También me parecen bonitas algunas de sus maneras, otras son horrorosas, y el modo en que se recogen el pelo. Los hombres no sé por qué no lo hacen igual. No está mal ser mujer, pero no sé si me cambiaría, porque ser hombre también tiene su gracia, y sobre todo, cierto beneficio. 

Ser hombre me resulta un tanto ajeno porque tan sólo puedo hablar desde mis percepciones nada científicas. Nunca podré hacerlo de forma experimental porque nunca he sido un hombre, pero ellos también me gustan. Sobre todo su pecho plano y lo grave de la voz. Nombrar días específicos para causas específicas a veces me da la impresión de ser un auténtico absurdo, aunque consiguen recordar cosas que no por obvias, están presentes y activas. Al revés, la obviedad nos hace caer en la trampa de creer que todo está hecho ya. 

Me gusta ser una mujer y aclamo a las que me criaron, amaron, lucharon y consiguieron hacer un mundo más justo e igualitario. Sin embargo, me siento extraña clasificando, dividiendo para unir. Los humanos somos muy extraños: los hombres y las mujeres también.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Produce o muere

Cinco millones de zombies deambulan por la ciudad aunque muy pocos son capaces de verlos y reconocer en ellos la agonía, la muerte goteando de sus ojos. Visten como cualquiera, caminan como el que más: suben escaleras, bajan cuestas, miran por ventanillas, pican su bonobús, sudan en el metro y se agarran fuerte a barra del vagón, a la mano cercana, a la esperanza. Son los parados en movimiento, los que perdieron el nombre y también la cabeza.

Produce o muere. Y el parado se muere, firma su sentencia en la oficina de empleo y resignado deja que lo borren de la lista sin mucha discusión. Convierten sus letras en cifra, su cuerpo en sombra y su vida en una letanía barroca, pesada, triste. El parado, tranquilo, vuelve a casa confuso, intentando pensar quién demonios es si ya no es profesor, ni arquitecto, ni abogado, ni estudiante, ni tan siquier un ciudadano más.
Extiende sus manos que se arrugan, las abre y las mira, en busca de alguna pista en la línea de la vida; en busca de algún motivo, en la línea del corazón. Se impone la línea del destino que viene a entorpecer su lectura a convencerlo de su inutilidad. Levanta los dedos al sol y los mira mientras una claridad cegadora viene a despertarlo y a revelarle su piel ya transparente, ambigua y fría.

Se inicia la transformación: ¿Quién soy? No trabajo, no produzco, no valgo, no soy.

Y se pone de nuevo el día.

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